De souvenirs, libros y despedidas…

Cuando andamos viajando por ahí nunca buscamos casas de souvenirs, por el contrario, el mejor ‘souvenir’ que nos llevamos con nosotros es la experiencia de formar parte aunque sea por un breve período de tiempo, de la dulce vida cotidiana del lugar en el que estamos.

Así entonces, con los sentidos a flor de piel fuimos parte, por un segundo, de Siracusa. Caminamos por sus rincones y sentimos la vida del lugar fluyendo a nuestro alrededor, el ritmo del día mismo invitándonos a mezclarnos, a participar….
Encontramos millones de similitudes con lo nuestro y al mismo tiempo mucho de lo otro, de lo distinto, de lo que te llama a querer preguntar, a descubrir… de lo que te llama a jugar a imaginarte viviendo allí …


Rápido llegó la hora de despedimos .. pero nos despedimos felices, con el espíritu lleno por haber tenido la oportunidad de asomarnos a ese mundo que estaba ahí esperándonos con los brazos abiertos…

Los dejo así con un fragmento del libro ‘El Tirano’, un libro que me hizo recorrer rincones increíbles de Sicilia y sembró muchas semillas de ‘hambre de viaje’ en la tierra fértil de mi corazón. Manfredi relata aquí vida de Dionisio (430-367 a.C.), uno de los tiranos más importantes que tuvo Siracusa… este fragmento siempre me hizo admirar aquel ferviente sentido de pertenencia….

Con estas líneas nos despedimos de Sicilia diciendo hasta luego, porque sabemos que un día nos volveremos a encontrar ….

“…Pasaron por al lado de la fuente de Aretusa, la fuente casi milagrosa que manaba a pocos pasos del mar, rica en aguas cristalinas, la fuente que había permitido a la ciudad nacer y existir y que los siracusanos veneraban como a una divinidad.

Dionisio se detuvo a beber, como hacía siempre cuando volvía de un viaje, y a mojarse los ojos  y la frente. Le parecía que con aquel gesto hacía correr nuevamente por su cuerpo la misma linfa que corría por las venas ocultas y secretas de su tierra.

La Patria.

El la amaba con amor posesivo y celoso, conocía su historia y la leyenda desde el mismo día de su fundación, conocía cada muro y cada piedra, los ruidos disonantes del mercado y del puerto y los olores, tan intensos, de la tierra y del mar. Habría podido recorrer la ciudad de un extremo al otro con los ojos vendados sin tropezar.

Conocía a los notables y a los mendigos, a los guerreros y a los delatores a sueldo, a los sacerdotes y a las plañideras, a los artesanos y a  los ladrones, a las prostitutas callejeras y a las más refinadas hetairas llegadas de Grecia y de Asia. Porque había vivido siempre en la calle, había jugado en ellas de niño desafiando a las bandas rivales a pedradas.

Todo esto era patria para él, una unidad indivisible, no una multitud de individualidades distintas con las que dialogar o discutir o enfrentarse. Y la patria debía ser la más grande, las más fuerte y las más poderosa del mundo…”

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Fuente de Aretusa… parada ahí casi desde siempre

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