Japón, amor a primera vista

Hace unos tres años mis conocimientos sobre Japón eran mínimos, quizás deba directamente reconocer que mi ignorancia sobre ese país era inmensa. Sabía que la bandera era blanca y roja, que se comía sushi y arroz con palitos, había mirado varios anime y sabía un poquito sobre geishas y samurais. Debo admitir además que en un rincón de mi mente había una pila de prejuicios sobre el pueblo japonés, prejuicios que cobran vida gracias a la desinformación que generan los medios, gracias a esas noticias sensacionalistas sobre cosas que “únicamente pasan en Japón”, es cierto, tenía una pila de prejuicios completamente erróneos.

En algún momento de 2018 decidimos que era buena idea viajar a Japón, es un país que nos queda relativamente cerca y realmente queríamos desasnarnos, queríamos conocer Japón a través de nuestra experiencia, de nuestros sentidos y poder crear así nuestra propia opinión sobre ese lugar.

6 de diciembre de 2018 – Notas de mi diario de viaje

Estoy anonadada, el arribo fue tan sencillo considerando que estamos en un país donde ni nosotros hablamos japonés, ni ellos hacen la mejor gala del inglés. Todo se sintió simple y fácil, pasamos rápidamente por migraciones donde nos pusieron un hermoso sticker en el pasaporte, de esos que amo coleccionar, y con una sonrisa nos dieron la bienvenida al país del Sol Naciente. En seguida fuimos a hacer los trámites necesarios que incluían comprar una tarjeta sim para uno de los teléfonos, retirar el dispositivo de wifi, sacar un poco de efectivo del cajero automático y hacer el canje de los pases de tren. Todos estos “trámites” que para mucha gente son molestos de hacer, para mi son como el precalentamiento al llegar a un lugar nuevo, haciendo esta serie de cosas “obligadas” uno se va haciendo una vaga idea de la burocracia de un lugar, de la organización o del caos, de las reglas o la falta de reglas, esos primeros trámites en un aeropuerto o terminal son además, para mi, una forma de identificar si en este lugar la gente tenderá a ayudarte o a dejarte que te arregles como puedas.

Cuando estábamos haciendo el canje de la orden de compra por los pases de tren, Japón me dio su primer caricia, Huro, la chica que nos estaba atendiendo me preguntó de donde éramos y gracias a que no había nadie más en la fila pudimos iniciar una “charla” muy corta.
–Que lindos esos papeles –me salió decirle gracias a ese amor que tengo a todos los elementos de librería y papelería.
–Para origami –me respondió sonriente mientras abría un cajón y sacaba una cajita octagonal hecha de papel.
Huro tenía puesta una camisa de una especie de seda gruesa de fondo blanco y con un patrón de flores grandes rojas y negras, un diseño que evocaba claramente a un kimono, tenía el pelo prolijamente recogido en un rodete sostenido por palitos y tenía los labios rojos, parecía sacada de una postal.
–Para vos, origami japonés –me dijo con una sonrisa extendiendo su mano dándome la cajita de origami.
Así de la mano de Huro regalándome una pieza de origami de color lavanda y con flores delicadas, sentí que el verdadero Japón me daba la bienvenida.

Cuando hicimos la tarea viajera en casa aprendimos que la forma más económica de moverse desde el aeropuerto de Narita hasta la estación central de Tokio era en colectivo, así que habíamos decidido no activar nuestros pases de tren ese día, ahorrarnos “unas monedas” sumaba y honestamente no nos preocupaba que el trayecto llevara un poco más de tiempo. Desde que aterrizamos el movernos dentro del aeropuerto nos había resultado relativamente fácil y hasta intuitivo –¿Sería así todo tan simple el resto del mes? –me pregunté mientras Ale compraba los tickets del colectivo que nos llevaría a Tokio.

Cuando llegamos a la estación central de Tokio eran más o menos las 6:30 de la tarde, ya estaba oscuro así que las luces de la ciudad habían pasado a ser las protagonistas de la fiesta. El colectivo paró y nos dirigimos hacia la puerta delantera para bajar, un escalón, otro escalón, entonces con el pie izquierdo como buena zurda pisé Tokio por primera vez.
¡Habíamos llegado a Tokio! Tokio, la capital de Japón, una ciudad donde viven más de 33 millones de personas se sentía en ese instante tan interesante como abrumadora. Hacía mucho frío, pero yo no lo sentía, lo único que sentía era el éxtasis de estar en esa tierra lejana y misteriosa, y honestamente, no podía parar de sonreír.

Mientras caminábamos hacia la estación para tomarnos un tren a Shinjuko, el barrio en donde nos quedaríamos esa noche, mis ojos no paraban de moverse de un lado al otro tratando de mirar absolutamente todo lo que me rodeaba. Todo, absolutamente todo me maravillaba.
Después de un tren corto y una caminata de unas 8 cuadras siguiendo google-maps finalmente llegamos al hostel. Hicimos el check-in y uno de los chicos que nos atendió nos llevó a nuestra habitación e insistió en llevarme la mochila, cuando llegamos al cuarto soltamos todo y nos desplomamos por 10 minutos en la cama, después de tres aviones, un colectivo, un tren y una caminata era lo mínimo que podíamos hacer. Al cabo de unos minutos nos dispusimos a salir, teníamos hambre, pero más grande que el hambre eran las ganas de recorrer el barrio.

Nos tocó llegar en hora pico

Hacía un frío tremendo, en una esquina nos regalaron esos sachet de bolsillo que se usan para calentar las manos, para nosotros fue un regalo del cielo.
Hicimos nuestro propio tour nocturno por las calles de Shinjuko, recorrimos calles principales, callejones pequeños y callecitas escondidas, todo tenía tanta vida que contagiaba alegría. Teníamos hambre y cuando llegamos al edificio de Godzilla si leíste bien, de Godzilla, encontramos un lugar para cenar. Estabamos preparados para precios altos, nos habían dicho y repito textualmente “Japón es caro”, pero por tan solo 530 yenes nos deleitamos con un set the 15 gyozas (dumpligs) acompañadas por una salsa de jengibre y mostaza, arroz, miso y te verde Esto es el paraíso le dije a Ale casi saltando de felicidad.

Ahí lo pueden ver a Godzilla

Puedo decir que la primera impresión de Japón después de caminar unas horas por Shinjuku, fue que un mes sería equivalente a un segundo en este país, que definitivamente necesitaríamos más tiempo para poder empaparnos de Japón. En pocas horas Tokio ya me había explotando los sentidos de una forma completamente nueva, aquí todo corría a una velocidad abrumadora pero su gente parecía tomarse las cosas con calma, como quien toma té caliente a pequeños sorbitos, para a pesar de su temperatura, disfrutarlo.

Caminando por Shinjuku sentí algo que más adelante pude comprobar, sólo en Japón podría una ciudad de más de 30 millones de habitantes ser tan apabullante y silenciosa, ordenada, caótica y pacífica al mismo tiempo. Sentí que este pedacito de Tokio era superlativo en sí mismo y eso me hizo sentir aún más curiosidad, si es que eso era posible.

La emoción de estar en Japón era inmensa y muy dificil de ponera en palabras. Mientras iba caminando de la mano de Ale observándolo todo, mi espíritu pareció salirse por un segundo de mi cuerpo y lo vi todo como en tercera persona, luego se volvió a meter por suerte entró. Que surreal se sentía todo, quizás en parte por el cansancio de los tres aviones, el colectivo, el tren, la caminata corta, la caminata larga, la cena y ahora nuevamente otra caminata. O quizás simplemente porque Japón sería así, surreal.

Fuere lo que fuere, mientras caminábamos sentí un click interno, y en la fracción de segundo que duró ese “click” me di cuenta de que esta era la primera vez que visitábamos Japón, pero de alguna forma ya tenía la certeza profunda de que no sería la última.

Un comentario sobre “Japón, amor a primera vista

  1. Norma Parodi

    Que buena descripción del arribo a Japón! Llegué con Uds y ahora deseo salir a recorrer las ciudades y conocer las costumbres. Muy buenas las fotos!!! Me quedo aquí sentada esperando la siguiente salida. Abrazos!!!!

    Le gusta a 1 persona

Y vos qué pensas? Dale!!! Me dejás un pensamiento? :)

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